La época de las moras

A Fernando

-¿Esto se come, señora?
-Sí, claro que se come.
-¿Todas?
-No, todas no. Mirá, ¿ves que la mayoría son chiquitas y están verdes?
-Sí.
-Bueno, esas no. ¿Pero ves estas otras, más grandes, amarillas y como transparentes?
-Sí.
Y ella depositó una mora blanca madura, en la palma de la manito extendida.
-Bueno, a ver, probá ésta.
-Mmmm … está rebuena.
-Yo estaba comiendo de aquéllas- dijo el otro muchachito, un poco más grande.
-Sí, se te nota- Y los tres se rieron, la mujer y el más chico mirando la boca teñida del más grande.
Medio colgada del árbol, ella seguía eligiendo moras; las dejaba en las manos de los chicos Sigue leyendo La época de las moras

A la orilla del sendero

Caminaba bordeando el lago Lácar por la ruta que conduce a San Martín de los Andes, en Neuquén, mi provincia. Era una espléndida mañana de invierno, fría, aunque el sol brillaba generoso en el cielo despejado. El paisaje allí es sobrecogedor por su belleza; la inmensidad del lago, que se esconde y emerge entre los pies de las montañas nevadas, cubiertas de pinos; el color azul del agua, cuya quietud espejaba todo; las plantas verdes, brillantes, limpias por la dedicación de la lluvia y la nieve. Un universo de aromas llenaba mis pulmones. Disfrutaba del saludable calor que la caminata producía en mi cuerpo abrigado, mientras montones de hojitas de escarcha cortaban mi cara. Sigue leyendo A la orilla del sendero

Persecución

Llega a casa y apaga la luz, se tiende, exhausto sobre la cama. La oscuridad es total; sin embargo, imitando al alba, la claridad exterior se filtra, tenue, silenciosa, por las cortinas leves y poco a poco las cosas van mostrando sus contornos. Esa extraordinaria y conocida percepción lumínica fue adormeciendo su vigilia, ayudada por el cansancio. Hasta que cruzó la línea, con sus pulmones a punto de reventar, la boca abierta en un esfuerzo desesperado de supervivencia, el ladrido de los perros castigando sus oídos y sus ojos, captando apenas esa luz tenue allá, a la distancia. Un esfuerzo más y llega. Llega a casa y apaga la luz.

Con los ojos bien cerrados

Morfeo es uno de los mil hijos del Sueño (Hipno). Su nombre, derivado de la palabra griega que significa “forma”, indica su función: está encargado de adoptar la forma de seres humanos y mostrarse a las personas dormidas, en sueños. Como la mayoría de las divinidades del sueño o de los ensueños, Morfeo es alado. Posee grandes alas veloces, que se agitan sin ruido y lo transportan en un instante a los confines de la Tierra. 1

Lo que más le gustaba era la forma en que podían dormir juntos. Podían dar cientos de vueltas en la cama y siempre continuaban abrazados. Tanto si hacía calor como si hacía frío, ellos dormían plácidamente, uno en brazos del otro. Sigue leyendo Con los ojos bien cerrados