A la orilla del sendero

Caminaba bordeando el lago Lácar por la ruta que conduce a San Martín de los Andes, en Neuquén, mi provincia. Era una espléndida mañana de invierno, fría, aunque el sol brillaba generoso en el cielo despejado. El paisaje allí es sobrecogedor por su belleza; la inmensidad del lago, que se esconde y emerge entre los pies de las montañas nevadas, cubiertas de pinos; el color azul del agua, cuya quietud espejaba todo; las plantas verdes, brillantes, limpias por la dedicación de la lluvia y la nieve. Un universo de aromas llenaba mis pulmones. Disfrutaba del saludable calor que la caminata producía en mi cuerpo abrigado, mientras montones de hojitas de escarcha cortaban mi cara.

El ruido de los automóviles que pasaban no alcanzaba a acallar esa música que ejecutaba la naturaleza.

Antes que verlo lo escuché. Percibí apenas un murmullo que me llevó a recorrer el entorno con la mirada. Parado, con el cuerpo encorvado y la cabeza algo inclinada hacia delante, se veía desprendido del resto del mundo. La frente arrugada en el ceño; la expresión de su cara demostraban profunda concentración. Tenía los ojos cerrados y sus labios temblaban en un rezo. Frente a él, un santuario compuesto por tres pequeñas ermitas era toda la compañía del solitario devoto. ¿Qué imperiosa necesidad lo acosaría llevándolo a ese religioso trance? ¿Qué milagro estaría agradeciendo en esa sentida plegaria?

El cuadro era tan conmovedor que sin querer disminuí el paso, hasta casi quedar detenida a la orilla de la ruta. Me sentía una intrusa espiando un ritual ajeno. En eso, el hombre terminó su oración, abrió los ojos, miró respetuosamente hacia el santuario y luego abandonó el lugar, caminando lentamente, sin dar muestras de haber advertido mi presencia. Su ropa, su prestancia, su aire al caminar, lo señalaban como un pueblero, un poblador urbano. Cuando se alejó, mi curiosidad me llevó a mirar de cerca el motivo de su devoción.

La más grande de las ermitas albergaba un ícono religioso al que se había protegido con una reja. Se podían ver flores de plástico adornando a la Virgen, y otras naturales secas que daban cuenta de su presencia allí desde tiempo atrás. Las otras dos ermitas, mucho más pequeñas, eran receptáculos de velas encendidas rodeadas de amontonamientos de cera que atestiguaban el paso de numerosos fieles. La más chica de las dos mostraba varios recortes de tela de color rojo, sujetos con hilos y cintas. Unas chapas sueltas, arrimadas a las pequeñas edificaciones de ladrillos, protegían la llama de los cirios de la acción de la brisa, siempre presente por estas latitudes. Todo el complejo estaba rodeado de un diminuto jardín resguardado de las pisadas de fieles y curiosos por un borde de ladrillos semienterrados. Recordé, entonces, la presencia de estos testimonios de fe al costado de rutas y huellas a lo largo de todos los caminos que he recorrido, dentro y fuera de mi provincia y mi país.

Se mezclan aquí imágenes cristianas con figuras locales. Las distintas representaciones de la Virgen María o San Cayetano, conviven con Ceferino Namuncurá, la Deolinda o Difunta Correa, el Maruchito, el Gauchito Gil, y no faltan capillitas que recuerdan a algún habitante del lugar fallecido, en ocasiones, en circunstancias trágicas. Esta costumbre ancestral que se remonta hasta perderse en el tiempo y en las diferentes geografías, conecta de lleno al hombre moderno con sus antepasados y sus liturgias milenarias. Atavismos insertos en la fe, depositada al ras del suelo, en una actitud de reverente humildad que excede en mucho a las cúpulas de las iglesias, sus doctrinas y sus dogmas. Es la sencillez del hombre común, su entrega, que reconoce limitaciones e intuye un universo que lo supera pero que lo contiene, mientras plasma su esperanza y su devoción en estas construcciones tan insignificantes como eternas, a la orilla de los senderos. Están allí, no se imponen ni molestan. Están disponibles para todo caminante que quiera acercarse, creyente o curioso. No prometen trascendencia ni castigan, no hablan de perdones ni de culpas. Sólo están, y son las huellas de la verdadera religiosidad de los pueblos.

Seguí mi camino pensando en todas estas cosas, superada por un paisaje que jamás terminaré de asimilar, tanta es su belleza. Recorrí algunos kilómetros más, y giré para volver sobre mis pasos, por la misma ruta. Al pasar nuevamente junto al santuario, pude ver dos grandes y lujosos vehículos estacionados. Un grupo de personas, seguramente turistas, se había detenido a mirar todo lo que allí había. Los adultos, de pie, conversaban y miraban con actitud respetuosa mientras los niños jugaban y comían alrededor, aprovechando el improvisado recreo del viaje. De un modo natural, espontáneo, silencioso, todos habíamos participado de diferentes maneras, en una de las prácticas milenarias que nos señalan como humanos.

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