«El tren», de Eduardo Talero

Es de la industria colosal obrero.                        

Su recia contextura

es férrea y vigorosa;

en su musculatura

de bien templado acero

hay vibración de fuerza poderosa.

Y alimenta la vida en sus entrañas

con negro corazón de las montañas.


Fue del sabio en la mente pensadora

donde meció su cuna;

es hijo de la ciencia bienhechora

y del progreso raudo;

mas quiso caprichosa la fortuna

al mirarle su faz de sombras llena

ceñirle del esclavo la cadena.


Es de la humanidad humilde siervo                                                                

que cual simún de los desiertos vuela,

Recorriendo el espléndido camino

que nos traza la estela

del futuro destino.


Miradlo, ya principian sus faenas;

su alimento devora;

sus fauces ya están llenas;

en su vientre incendiado

rojo carbón crepita;

¡la fuerza se elabora!


Sus músculos de acero se estremecen                                          

y crujen sus cadenas;

su corazón palpita

por creadora fiebre devorado,

y al expirar, exhalan sus pulmones

rugidos estruendosos de leones.


Su bronco pecho de vapor henchido

estalla ruge y grita,

y su lengua metálica se agita

para rasgar el viento

con un hondo gemido

y un postrimer, desgarrador lamento.


Ya como en raudo vuelo                                                                                      

emprende su carrera,

abandonando en el azul del cielo

los rizos de su undosa cabellera.

Y parece al partir vertiginoso

que movido por recios vendavales

apagar pretendiera en un abismo

la fiebre que devora su organismo;

mas como siervo fiel y cuidadoso

vela por los viajeros que conduce

de su cola mullida entre cristales.


En su marcha se escucha,

Puente carretero y ferroviario que une Neuquén con Cipolletti (Río Negro)algo como el metálico aleteo

de un ave gigantesca;

y si en su pecho la fatiga es mucha

su garganta flamígera refresca

con aguas cristalinas,

y sigue en agradable balanceo

cruzando alegres valles

y frondosas colinas.


Viajeros pensativos,

dejan vagar su vista en la llanura,

donde las frescas y móviles frondas

parecen mar de límpida verdura

cuyas revueltas ondas

huyen precipitadas:

y las sierras, del sol a los reflejos

cual costas de ese mar vense a lo lejos

de zafir y de nieve matizadas

entre los pliegues de dorados chales;

y al través de los nítidos cristales,

parece que girara presuroso

de los confines el perfil sinuoso.


Audaz se balancea

Como dice Talero, el tren ha sido un componente trascendental en el desarrollo de la Patagonia. Su ausencia dejó vacíos sociales que aún no se completan.

en el celeste espacio

cuando atraviesa la región vacía;

oh nuevo Polifemo prepotente

en la noche sombría,

la pupila de fuego de su frente

deslumbra y centellea

cual colosal topacio

en combustión hirviente.


Se lanza entre la bruma

hasta llegar del mar a la ribera,

como si refrescar sus pies quisiera

entre la nívea espuma.

Como inmensa serpiente

se desliza enroscado a la cintura

de la roca tangente

hasta ganar la altura;

luego se precipita cual torrente

por hondas cavidades

despertando dormidas soledades.


Taladra las graníticas entrañas

de las agrias montañas

y las más escarpadas cordilleras:

Todos esperamos que se restablezca este importante servicio social.

penetra de las selvas hasta el seno

y con su voz de trueno,

hace temblar a las fieras hirsutas

en sus guaridas hondas,

enredadas dejando en los ramajes

de las viejas encinas,

de su melena de humo grises blondas,

cual vaporosos trajes

o fugaces, undívagas cortinas.


Al llegar, cual intrépido gigante,

al fin de su jornada,

extingue la purpúrea llamarada

de su pecho jadeante,

y en la estación, cubil do se guarece,

el monstruo queda.


Eduardo Talero

Mi agradecimiento a Martha Ruth Talero, querida amiga, que me ha permitido copiar la obra de su abuelo.

Neuquén, 16 de julio de 2010