«La pluma», de Eduardo Talero

 

Como la pluma en sus primeros días

se arrancó del plumaje de las aves,

hoy nos refiere los misterios graves

que vio como viajera de las cumbres

y le dice: Al astrónomo las vías

llenas de polvareda de topacio

que transitan los átomos celestes;

al físico, la hornaza de las lumbres

que en el etéreo espacio

tiemplan la fuerza universal, al viejo

observador, la vida de las frondas

en los bosques agrestes;

le pinta al soñador las tenues ondas

de azul, violeta y grana

en que navega el sol con su cortejo

cuando zarpa al cenit de la mañana;

y al cantor le perjudica en el oído

la música del nido.

 

Si su estirpe es de acero

refiere los misterios sepulcrales

de sus rudos abuelos, los metales,

cuando en el fondo del planeta hervía

en abrupto caldero,

y el oro derretido descendía

entre guijarros de diamante puro

a impulsar los dinamos del futuro.

 

La pluma es hoy el timbre en que se acuña

el oro de la mente,

la metálica uña

que arranca de los nervios vibraciones

la espina de tortura que en la frente

llevan los escritores abnegados

¡arpón para el tirano delincuente!

¡trépano de los cráneos obsecados!

Y puntero que indica las presiones

que ejercen en el alma las pasiones.

 

En la página blanca

es el cáliz sagrado que gotea

la negra sangre que el Misterio brota,

cuando el sabio le arranca

nuevas verdades de la entraña rota.

 

Es la aguja que labra

el pendón que magnífico flamea

en la cumbre radiosa de la idea,

la que teje en estrofas la palabra

y surce los harapos de verdades

que dejaron las viejas sociedades.

 

Es el pico del ave misteriosa

que alumbra con fosfórica pupila

la bóveda del cráneo,

o es electrodo de la roja pila

que prepara en la mente la radiosa

fulguración del genio subitáneo,

o aguja de Pravaz con que se inyecta

nuevo vigor la sociedad abyecta.

 

 

Buenos Aires, 1898.