El Discurso de la Edad de Oro en «Don Quijote de la Mancha»

Sara Eliana Riquelme (Mayo de 2000)
Trabajo final para aprobación del seminario de literatura española «DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes» dictado por la Dra. Irma Cuña en la Universidad Nacional del Comahue, Facultad de Humanidades, Departamento de Letras.

“Las utopías humanistas –con su afán de resolver el problema de la pauperización y la miseria moral, mediante la educación y el retorno hacia el porvenir del comunismo primitivo de la edad dorada-; la baja de la tensión utópica en el Barroco, refugiándose en Inglaterra (el país que primero sale de esa contorsionada cultura de crisis y lanza un nuevo utopismo); las utopías de la Ilustración, más

filosófico-naturalistas; las utopías socialistas del Siglo XIX, basadas en la revelación del condicionamiento de la historia por las fuerzas productivas, etc., todo ello pone de manifiesto en qué medida las utopías están condicionadas por la situación histórica de la época y son un testimonio de la misma.”(6)

“Tres reinados y poco más de un siglo: 1479 – 1598. Este tiempo bastó para proporcionar a España uno de los más brillantes triunfos que la historia conoce. Éxito demasiado rápido para poder asegurar su solidez; y que, además, fue seguido por una profunda decadencia. Pero esta época ha dejado a España el orgullo legítimo (aún sensible en el espíritu político contemporáneo), no sólo de haber sido una potencia considerable, sino la primera en el tiempo y en importancia de las naciones fundadoras de vastos imperios coloniales”. Pierre Vilar, en su Historia de España inicia con este párrafo su estudio sobre los tiempos modernos españoles: hace mención de la “unidad de España” tras el casamiento de Isabel y Fernando, la toma de Granada y Navarra, el matrimonio de Carlos V con la infanta de Portugal, lo que permitió a Felipe II unir bajo su cetro toda la Península y los dos mayores imperios del mundo. Así, el autor sitúa en 1580 el verdadero punto culminante de la historia peninsular.

No obstante, esa unidad presentaba una fragilidad innegable. Era muy difícil para los Reyes Católicos borrar en veinticinco años de reinado todas las costumbres particulares de un largo pasado. A la muerte de Isabel se resquebraja la unidad entre Aragón y Castilla. Incluso con el emperador Carlos V , cuando ya no había más que un solo soberano, se hizo necesario mantener virreyes en las antiguas capitales. Aún así, en éste período y parcialmente durante el reinado de Felipe II hubo un poder central con un prestigio por encima de toda crítica. Sin embargo, este prestigio no fue aprovechado por estos monarcas para minar las viejas instituciones ni para consolidar el mando efectivo: Aragón reclamaba su autonomía, Portugal se sublevó y Cataluña se ofreció a Francia. Así, el año 1640 evidenciaba que la unidad orgánica entre las provincias no podría obtenerse y la decadencia sembraba los gérmenes del descontento.

Además de la unidad política, los Reyes Católicos habían prestado atención a otro tipo de unidad: la unificación religiosa. La aceptación del sincretismo religioso medieval en España cede su lugar a una pasión por la unidad. En rigor, este proceso sólo fue continuado por Isabel y Fernando. Más de un siglo antes, se producen antagonismos y envidias entre judíos, moros y cristianos. Allí surge el “orgullo de origen” y la “limpieza de la sangre” de los cristianos como compensación por el temor de la superioridad material de los otros. Por otra parte, la Iglesia, temerosa de que el espíritu judío y moro penetrara en España, permite que los frailes encabecen movimientos populares de conversión, muchos de los cuales, a mediados del siglo XIV, finalizaron en cruentas matanzas que conmocionaron a la población. Estas conversiones en masa producen “cristianos nuevos” poco creíbles y poco resignados. Así, los Reyes Católicos no iniciaron el movimiento de unificación religiosa, pero tomaron la importante decisión de permitir la creación del Tribunal de la Inquisición. En 1492 los judíos son expulsados en masa; los moros se sublevan y son reprimidos, y en 1502 se expulsa a todos los no conversos de los dominios de Castilla. Pero el problema no se resuelve por eso. En 1525-1526 Carlos V quiere suprimir en toda España hasta el recuerdo y las costumbres de los infieles. Todo en vano. Éstos ofrecen dinero a los reyes y se agrupan en torno a su cultura y a su religión. Se los combate en todos los flancos: luchas escolares y lingüísticas, propagandas, separación de padres a hijos, confiscación de bienes, represión. Finalmente, en 1609 se realiza una expulsión general con grave pérdida material para el país pero con gran avance en cuanto a la unidad religiosa. En Felipe II triunfó la idea de que había una relación profunda entre la iglesia católica y la identidad de España. Además, inquisición mediante, se intentará eliminar todo brote de ideas filosóficas y religiosas nuevas como el erasmismo y el protestantismo. Así, a fines del S XVI triunfa el unitarismo contra la pruralidad religiosa.

Este unitarismo, si bien fue una importante herramienta de progreso en manos de los Reyes Católicos, puso en marcha un mecanismo psicológico que impidió a España adaptarse a los cambios que se produjeron a su alrededor. El cristianismo viejo, la limpieza de sangre, se contraponían con el espíritu de producción y de lucro, y la Iglesia, con su poder, no favorecía la circulación de riquezas. Así, la decadencia de España, a quien el descubrimiento de América había situado en forma privilegiada en los albores del mundo económico moderno, perdió ese puesto, en buena medida, por esa psicología religiosa mezclada con elementos económicos y raciales, heredada de la Edad Media.

Centrando nuestra mirada en el Siglo XVI vemos una España grandiosa: el fenómeno colonial realizado a un ritmo acelerado, presenta un sello de grandeza que influyó enormemente en la conciencia ulterior de la Nación española. Aunque el Gran Imperio había tenido que contratar mercenarios para proveer de buenos soldados a todos sus dominios, y en el proceso de la conquista recurre a extranjeros a quienes asimila (Colón, Vespucio, Magallanes), toma su vigor en su propio pueblo: marinos, soldados, clero e inmigrantes. Por otra parte, Felipe II extiende sus dominios mediante factorías hasta Asia y África. Todo esto, más la unión con Portugal, le permite extender su Imperio desde el extremo oriente hasta América. Otro aspecto importante: España es heredera de la ciencia judía y árabe. La actividad científica y técnica era notable y los descubrimientos abrieron una ventana a un magnífico mundo nuevo. Se incrementa y se perfeccionan los procedimientos técnicos para trabajar los metales, llegados de ultramar a un ritmo cada vez más creciente (hasta 1600, momento en que comienza a disminuir). Todos estos factores conformaron en España el espíritu del Siglo XVI, un espíritu grandioso inserto dentro de una situación económica y social que llevaba a cuestas los gérmenes de la decadencia. Esta decadencia no es un dato que surja del estudio actual de la historia. Pierre Vilar dice en su obra citada que ya en 1558 Luis Ortíz elabora un memorial en el que determina que los dos factores de la decadencia futura de España son: el desequilibrio de los precios interiores y de los precios exteriores y los gastos del estado pagados fuera del reino. A partir de 1560, la inflación esquilma los ingresos de los españoles. El aparato burocrático era costoso para el estado y ruinoso para los administrados. Dentro de este panorama de “esplendores y miserias”, Miguel de Cervantes Saavedra escribe la novela que nos ocupa e inserta en ella su célebre discurso de la Edad de Oro.(2)

En el Capítulo XI de la primera parte, Quijote y Sancho, buscando donde alojar aquella noche, han sido acogidos “con buen ánimo” por unos cabreros que están preparando su humilde cena:

“…y tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con
mucha priesa su rústica mesa, y convidaron a los dos, con muestras
de muy buena voluntad, con lo que tenían.” (Pg. 79).

Allí, Quijote hace ver a su escudero las bondades de la situación:

“-Porque veas Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería
y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se
ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo,
quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente te sientes
y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor;
que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque de la
caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice; que
todas las cosas iguala”. (Pg. 79)

Son tres los aspectos destacados en estas breves citas: la voluntad con que estas sencillas personas comparten su comida con Quijote y Sancho, la estima y la honra que despierta la caballería andante y la comparación que se hace de ésta con el amor.
Dice Quijote en el Capítulo XVIII – I, en el episodio de los rebaños:

“Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más
que otro” Pg. 131.

Claramente establece una jerarquía entre los hombres basada únicamente en las acciones personales. Las acciones de los cabreros con nuestros personajes son excelentes: con sencillez y espontaneidad comparten con ellos lo que tienen. Por esta causa reciben el más alto valor en el concepto del caballero.

Ya en el Cap. IV – I, Quijote tiene una pelea con Juan Haldudo el rico, quien castigaba a su criado. Aquél agradece al cielo la oportunidad de cumplir con lo que debe por su profesión de caballero: proteger a los indefensos e instaurar la justicia y la equidad entre los hombres. En el episodio de Ginés de Pasamonte, sale en su defensa diciendo que se siente obligado a “… que muestre con vosotros el efecto para que el cielo me arrojó al mundo y me hizo profesar en él la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores”(Cap. XXII, I, pg. 166). Así, en la novela abundan las citas que ejemplifican el concepto que tiene el personaje sobre la caballería andante y su relación con la justicia: es tan benigna que es comparable al amor.

Dentro de este marco de hospitalidad y gran camaradería, Quijote “soltó la voz a semejantes razones: Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron el nombre de dorados…”. De esta forma, mirando atentamente un puñado de bellotas en su mano, se remite al mito hesiódico. En Los trabajos y los días Hesíodo cuenta el Mito de las Edades o Mito de los metales, relativo a las diferentes razas que se han sucedido desde el comienzo de la humanidad. (5). Este autor es quien lo formula por primera vez en la tradición grecorromana. Comienza el Libro I con una invocación a las musas, poniendo de manifiesto el poder que Zeus ejerce sobre todos los hombres:

“¡Escucha, oh Zeus que oyes y ves todo, y conforma nuestros juicios
a tu justicia! Por lo que a mí respecta, enseñaré a Perses cosas
verdaderas”

El Mito de las Edades se inicia con el relato de la Raza de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro, intercalando una innovación entre estas dos últimas: la raza de los héroes. Rendir homenaje a los antepasados muertos con características semidivinas es un tópico constante en la literatura griega. Este mito está concebido como un AITION, relata poéticamente la causa por la que se originó algo. Las características que señala para la Edad de Oro son: los hombres beneficiados por la naturaleza por cuanto “poseían todos los bienes; la tierra fértil producía por sí sola en abundancia; y en tranquilidad profunda, compartían estas riquezas con la muchedumbre de los demás hombres irreprochables.” Además, mantenían una relación directa con los Dioses, no conocían el trabajo, ni el dolor, ni la cruel vejez, morían como se duerme y se convertían en espíritus benefactores de la tierra.(4). Así describe las características de las distintas razas presentando un notable deterioro hasta llegar a la Edad de Hierro, momento en el que se ubica el poeta, momento en que el hombre está bajo sometimiento al trabajo, a las enfermedades, a la muerte, a la violencia entre padres, hijos y hermanos y no hay respeto por los Dioses:

“Porque ahora es la Edad de Hierro. Los hombres no cesarán de estar
abrumados de trabajos y de miserias durante el día, ni de ser
corrompidos durante la noche. Y los Dioses les prodigarán amargas
inquietudes. … los bienes se mezclarán con los males. … Llenos
de violencia, no restituirán a sus viejos padres el precio de los
cuidados que de ellos recibieron. El uno saqueará la ciudad del otro.
No habrá ninguna piedad, ninguna justicia, ni buenas acciones, sino
Que se respetará al hombre violento e inicuo” Pg. 80

Hay dos relatos que se vinculan al Mito de los Metales, dado que Hesíodo plantea dos estados más de felicidad entre los hombres:

El estado en que vivían los hombres pre-prometeicos, semejante a la Edad de Oro.(3) Vivían antes del robo del fuego por Prometeo. Esto hace que Zeus se vengue y pida a los Dioses la creación de Pandora, mujer creada a la cual todos los Dioses le han dado un don. Pandora es creada para traer la desgracia a los hombres, aunque dentro de su caja queda la esperanza Estos dos estados se caracterizan por ser receptores pasivos de los dones de la divinidad. Su estado de felicidad no depende de sus propios méritos sino que hay un influjo exterior.

En el tercer estado, los hombres felices son los que viven en estado justo, regidos por la justicia. La tierra produce porque los hombres trabajan. Tienen contacto con extranjeros y aparece el tema de la navegación:

“Jamás el hambre ni la injuria ponen a prueba a los hombres justos
que gozan de sus riquezas en los festines. La tierra les da alimento
abundante; en las montañas, la encina tiene bellotas en su copa y
abejas en la mitad de su altura. Sus ovejas están cargadas de lana
y sus mujeres paren hijos semejantes a sus padres.”
“¡Oh Perses! Retén esto en tu espíritu: acoge el espíritu de justicia
y rechaza la violencia, pues el Cronión ha impuesto esta ley a los
hombres. … Acuérdate siempre de mi consejo, y trabaja con el
fin de que el hambre te deteste y de que Démeter te ame y llene
tu granero, porque el hambre es la inseparable compañera del
perezoso .”(5)

Los modelos de sociedades que propone el estado pre-prometeico y las razas de los metales aparecen sin relación genética entre sí y se describen en un relato inverosímil
En cambio, en el estado justo los hombres trabajan, tienen padres y transmiten sus genes. Se aproxima a un modelo de sociedad primitiva real. Hesíodo expresa claramente que lo único que permite al hombre vivir feliz es el trabajo, la no violencia y la justicia. En el Mito de las Edades enfatiza los rasgos de la iniquidad y la violencia y da una imagen de sociedad diferente a la Edad Heroica, cantada por Homero.

Después de Hesíodo, el Mito de los Metales es retomado y reelaborado por otros autores de la antigüedad grecorromana. Cada autor le imprime su sello personal de acuerdo con las características del momento histórico que refleja en su obra.

Virgilio, el poeta latino, en su Égloga IV predice el regreso de la Edad de Oro (10):
“…ya empieza de nuevo una serie de grandes siglos. … Tú, oh casta
Lucina!, favorece al recién nacido infante, con el cual concluirá lo
primero, la edad de hierro, y empezará la de oro en todo el mundo.
Bajo tu consulado, ¡oh Polión! tendrá principio esa gloriosa edad y
empezarán a correr los grandes meses; mandando tú, desaparecerán
los vestigios, si aun quedan, de nuestra antigua maldad, y la tierra se
verá libre de sus perpetuos terrores.
La tierra no consentirá el arado, la vid no consentirá la podadera, y el
robusto labrador desuncirá del yugo los bueyes. No aprenderá la lana
a teñirse con mentidos colores; por sí mismo el carnero en los prados
mudará su vellón, ya en suave púrpura, ya en amarilla gualda; con
sólo pastar la yerba se vestirán de escarlata los corderillos.” (Pg. 25)

En esta égloga, Virgilio ve la Edad de Oro de la misma forma que Hesíodo: considera que es un estado de la humanidad beneficiado en el que no le es necesario al hombre trabajar. No obstante, su visión se presenta en forma de profesía, en tiempo futuro, fundamentada en el nacimiento de un niño que será el que traerá ese beneficio a la humanidad. Al respecto se han elaborado diferentes interpretaciones. Guillemín cita a Carcopino, cuyo estudio establece que el poema estaba destinado a felicitar a Polión por el nacimiento de un hijo, el cual recibió el nombre de Salonino y murió al poco tiempo de nacer. Otros estudiosos vieron una creación mística vinculada a las fiestas de la renovación del año, y otros creyeron ver una profesía del niño que llegó de Belén, para salvar al mundo. (11). Virgilio, al igual que Hesíodo, se ubica en la Edad de Hierro, pero, ubica la Edad de Oro en el futuro, cuando Hesíodo la considera en el pasado. En esta égloga, los años dorados se mantienen como una edad mítica; la profesía plantea un estado optimista pero no realizable, evidenciado en los elementos fantásticos. Se puede pensar en el niño como un elemento simbólico que representa el nacimiento de la paz y el cese de las guerras civiles, presentes en ese momento en el Imperio. Virgilio, en su obra, demuestra que cree que Octavio es quien conducirá a Roma, y podemos comprobar que, de algún modo, no se equivocaba. El César asume el poder absoluto y recompone el Imperio paulatinamente. Pero la elaboración del mito de la Edad de Oro sufre transformaciones en la obra de Virgilio.(10)

En el libro II de las Geórgicas, Virgilio dice:

“También esta tierra muestra en sus venas ríos de plata y de cobre, y
arrastra raudales de oro; cría un indomable linaje de hombres, …
duros guerreros, y te produjo a ti, oh César, más grande que todos
ellos, … por ti acometo renovar el antiguo loor de la agricultura, por
ti oso abrir las sagradas fuentes, y cantar a las ciudades romanas los
versos del poeta Ascreo” (Pg. 88)

Aquí el poeta se dispone a cantar a la manera de Hesíodo destacando la tierra benigna y la grandeza de César. Elabora una obra didáctica en la que enumera minuciosamente variedades de árboles, de plantas, tipos de tierra, formas de cultivo de acuerdo con cada tipo de tierra, etc., aconsejando a los labradores:

“Por lo cual ¡oh labradores! Trabajad y aprended los cultivos propios de cada especie, y domad a fuerza de cultivo la aspereza de los frutos silvestres” (Pg.82)

Uno de los pasajes más importantes es el elogio de la vida rústica:

“¡Oh, demasiado felices los labradores si conocieran los bienes de
que gozan! Lejos de las contrapuestas armas, justísima la tierra les
brinda fácil sustento … Allí hay dehesas y guaridas de alimañas, y
una juventud sufrida y sobria, y sacrificios a los dioses y una
ancianidad venerada; allí estampó sus últimas pisadas la justicia
al abandonar la tierra” (pg. 100).

Iustissima Tellus, la tierra soberanamente justa, la vida campesina aparece en una visión idealizada que omite todos los aspectos bajos. Esta hermosa virtud de la justicia era, a los ojos de Virgilio, la más noble dote de la vida rústica. “En esta epopeya de la tierra, el campesino sólo cuenta con su trabajo; lo que interesa al poeta son los elementos de los que está hecha esta vida y el análisis lleva a reconocer que todo predispone en ella a la virtud y mantiene apartado el vicio. Opone primero las necesidades del habitante de las ciudades a las del agricultor. Aquél necesita palacios, vestimentas lujosas, comidas suntuosas. Luego aparecen las consecuencias malsanas de esta avidez insaciable, se recorren los mares para traer mercaderías preciosas, se intriga, no se retrocede ni ante la traición, ni ante la perfidia, ni ante el crimen”.( Pg. 134).
Hesíodo, por su parte, enseña a su hermano Perses las ventajas de la justicia y los beneficios que obtendrán quienes la practican. No se debe perder de vista el hecho de que estos consejos se dan para terminar con un proceso:

“Terminemos, pues, el proceso con juicios rectos, que son dones
excelentes de Zeus; porque recientemente hemos repartido nuestro
patrimonio, y me has arrebatado la mayor parte, con el fin de inclinar
en tu favor a los reyes, esos devoradores de presentes, que quieren
juzgar los procesos” ( Pg. 75).

Se puede pensar que Hesíodo dirigía su mensaje a un receptor que no estaba demasiado interesado en recibirlo o al que no le era necesario. En Virgilio, en cambio, la justicia, la paz y la vida rústica forman un solo todo y se condicionan y sostienen recíprocamente, marcando una oposición a la vida urbana, saturada de vicios y lujuria.

Como se dijo anteriormente, la elaboración del Mito de la Edad de Oro sufre transformaciones en la obra de Virgilio. En el libro I de Geórgicas se plantea el término de la Edad de Oro gracias a la intervención positiva de Júpiter: “El mismo Júpiter quiso que fuese difícil la agricultura, y él primero redujo a arte la labranza, aguijando con cuidados los mortales corazones, y no consintiendo que se aletargasen sus reinos en una tarda holganza.”. Júpiter incentiva la actividad humana del trabajo ocultándole a los mortales los beneficios que usufructuaban en la Edad de Oro sin ninguna responsabilidad, porque no eran recibidos como un don. Júpiter interrumpe los dones. Virgilio plantea con esto una concepción diferente de este mito que no es la tradicional. Si bien la cultura romana es una lectura de todas las expresiones culturales griegas, Virgilio parte de Hesíodo pero en las Geórgicas hay un quiebre porque en el mito introduce a la agricultura como instauradora del mundo civilizado, en la concepción romana. A partir de la agricultura y de la valoración del trabajo, surge la civilización. El oro, en Virgilio, se ve positivamente cuando aparece en un contexto simbólico o en un sentido figurado, en cambio tiene una carga negativa cuando se ve como objeto de la ambición de los hombres.

Ovidio, en Las Metamórfosis, ubica la Edad de Oro inmediatamente después de la creación de la tierra: (8)

“Principió la edad de oro, y en ella se echaban de ver naturalmente la
fidelidad y la justicia, sin que hubiera leyes que las hicieran observar
ni jueces que las vindicasen”. ( Pg. 1013 y 1014)
“No había entrado a los mares árbol alguno”
“Aún no ceñían las ciudades fosos ni murallas… sin la defensa del
soldado vivían los hombres tranquilos en los brazos de la dulce paz.
La tierra libre, y no tocada de los rastrillos ni hendida con el arado,
…los habitantes se alimentaban de madroños, fresas, cerezas y de la
bellota, que sazonadas caían de las copadas encinas. La primavera
era continua … la tierra producía trigo sin cultivo del arado”.

El poeta se preocupa en destacar el imperio de la justicia como un bien natural, de tal modo que no hacía falta la existencia de la ley. Expresa claramente la ausencia de la navegación, cuya consecuencia son los viajes, la relación con otras gentes y también las guerras. No existían las guerras, la agricultura ni el trabajo. La tierra benigna producía todo lo que el hombre necesitaba para vivir con abundancia.

Ovidio relata que la Edad de Plata aparece sobre la tierra cuando “Júpiter precipita al oscuro Tártaro a su padre Saturno y se apoderó del imperio de la tierra”. Entonces aparecen las cuatro estaciones, los hombres necesitaron construir una vivienda donde guarecerse y practicar la agricultura para poder subsistir. Luego aparece la Edad del Hierro: se origina la maldad, desaparece el pudor, la verdad, la lealtad y en su lugar reina el engaño, la traición y la codicia. Luego “… se hizo indispensable que el diestro agrimensor señalase límites a la tierra, común antes a todos como lo eran la luz y el aire”; el poeta aquí critica el tema de la división de la tierra y además la extracción de las riquezas de las entrañas de la tierra “… que después fueron origen de innumerables males”. El hierro y el oro son motivo de guerras, robos, inseguridad y desconfianza. Coincide con Virgilio en las consecuencias nefastas que tiene el oro sobre los hombres, pero no considera ni al trabajo ni a la agricultura como el ideal de vida. La Edad de Bronce y de Hierro aparecen juntas, y todo el conjunto constituye una explicación de la aparición de la necesidad del trabajo (por una circunstancia atribuida a los dioses, no a los hombres), y de un estado de decadencia, principalmente moral, de la sociedad del momento. La Edad de Oro, al igual que en Hesíodo, está ubicada en el pasado.
Volviendo a Cervantes, leyendo su discurso con atención, el lector puede preguntarse cómo concibe este autor el mito de las edades. En primer lugar, si consideramos el contexto dentro del cual aparece este discurso, no se puede dejar de pensar en Virgilio. Si bien los pastores de las Églogas no tienen semejanza con los cabreros del Capítulo XI – I de Quijote, el poeta latino se dirige al habitante rural cuando dedica el libro III de Geórgicas a dar consejos a los criadores de animales y el libro IV “al celestial don del áurea de la miel”. En todo el entorno de los personajes hay un elogio de la vida rústica, tal cual lo hace Virgilio, que se evidencia principalmente en el clima de cordial camaradería que se vive en esa cena y en la actitud que los cabreros tienen con Quijote y Sancho.

Por otra parte, si consideramos las características del personaje que emite el discurso, sabemos que es un lector enamorado de las novelas de caballería y enloquecido por ellas. Ha salido al mundo a restituir la justicia y para eso se ha convertido en caballero andante, y como tal, ha construido todo un universo ficcional en el que habita, cuyo referente es, precisamente, el universo de las novelas de caballería. Así, crea situaciones propicias para la defensa de los desvalidos y menesterosos, personajes que acrediten su condición de caballero, como su escudero Sancho y su amor idealizado, su señora, Dulcinea del Toboso, entre otros. Este loco va por el mundo tras la justicia haciendo gala de una conducta intachable, y un comportamiento hacia las personas que encierra los más altos valores éticos y morales. Este loco tiene un objetivo, una meta, una UTOPÍA: RESTABLECER LA JUSTICIA EN EL MUNDO.

Este personaje es el que trae al Siglo XVII el discurso de la Edad de Oro. Dice:

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos
pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en
nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella
venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella
vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” ( Pg. 80).

Como principio, Quijote se refiere a la edad dorada con añoranza, haciendo de ella una valoración positiva. Luego, deja en claro que el concepto de “dorada” no se relaciona con el oro como metal. Al igual que Hesíodo, se reconoce en la edad de hierro, sólo que en la España del Siglo XVI, los metales (oro, plata) llegaban de América a un ritmo cada vez más creciente, hasta 1600. Esta abundancia de metales, lejos de restablecer la justicia, sólo provocaba la discordia y la desunión entre los hombres.

Maravall cita a Horkheimer, quien sostiene “Las grandes utopías del Renacimiento son la expresión de las capas desesperadas que tuvieron que soportar el caos de la transición entre dos formas económicas distintas” . Cuando este autor menciona a las grandes utopías del Renacimiento está pensando en Moro, Campanella, Bacom, entre otros, quienes tuvieron que sufrir el proceso de cambio de la propiedad piramidal, tradicional, suma de derechos de múltiples participantes, a la propiedad individual, excluyente. Sin desconocer que la miseria es el gran tema sobre el que trabajan los utopistas de todas las épocas, Maravall considera que fueron burgueses los que escribieron las utopías del S.XVI:

“Ellos presenciaron las funestas consecuencias que la agudización del
régimen de la propiedad privada trajo consigo: el cortejo de
apropiación oligopólica de las condiciones económicas de la
producción, la competencia sin escrúpulos, la acumulación de capital
el hambre, la pauperización, etc.” ( 6 , Pg. 64)

Y por eso, tanto humanistas como filósofos propusieron, como un supuesto socio moral, la supresión de la propiedad privada. En definitiva, lo que ellos proponen no es necesariamente un sistema de más o de menos, sino en los términos que sigan permitiendo el control de la libertad de todos, es decir de cada uno, sobre las técnicas de producción, incluyendo el régimen jurídico. Los utopistas, además, afirmaban la sujeción a lo necesario y, por lo tanto, se puede pensar que se inspiraban más en valores éticos que económicos, aunque sin duda el peso de éstos condicionaba la presencia de aquéllos. Moro aconseja mesura en el comer, en el vestir y en el consumo; en Campanella, los magistrados procuran dar a cada uno lo que merece y que a nadie le falte lo necesario, pero nada más, haciendo la salvedad de que por eso se dedican muy poco al comercio. Así, la apelación a lo necesario y la crítica al sistema de propiedad privada es un tópico recurrente de las utopías y, como hemos visto, se menciona en Los trabajos y los días y en Las metamórfosis.

Por otra parte, Quijote representa a los grupos de caballeros empobrecidos y marginados de un poder económico y político que quizá más que nunca se halla en manos de los privilegiados. Se encuentra en la edad del oro, pero de ese oro que rechaza Virgilio cuando sólo es vehículo de la ambición de los hombres. Se encuentra en la edad de bronce y de hierro de Ovidio, cuando se hizo necesario el diestro agrimensor para señarlar los límites de la tierra. ¿Qué sucede con la utopía de este personaje que busca la justicia en el mundo?
Luego dice:

“Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era
necesario, para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que
alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que libremente le
estaban convidando con su dulce y sazonado fruto”.
“En las quiebras de las peñas y en el hueco de los árboles, formaban
su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquier
mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo”.

Todas las cosas comunes. De distintas formas, los tres autores clásicos mencionados destacan el valor de la solidaridad entre los hombres y de la propiedad común. La ausencia de la necesidad del trabajo para el hombre se puede relacionar con el mito hesiódico y con Ovidio. Las encinas, las abejas, las bellotas, la miel. La palabra, elemento literario primordial, que Cervantes usa con gran cuidado, nos acerca, desde su mismo campo semántico, a las obras clásicas.

“Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se
había atrevido a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra
primera madre…”

Es evidente la relación con el relato de Ovidio. La agricultura no era necesaria por cuanto la tierra producía por sí misma todo lo que era necesario al hombre.

“Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas …
en trenza y en cabello, sin más vestidos que aquellos que era
menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere…
y no eran sus adornos los que ahora se usan , a quien la púrpura
de Tiro … y la seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de
lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizás iban tan pomposas
y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y
peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha demostrado.

Ya hemos visto que hubo en la España del S XVI un asombroso desarrollo económico. La aparición de un gran comercio, el desplazamiento del centro de actividad marítima desde los puertos italianos del Mediterráneo hacia los puertos de España y Portugal, con el oro europeo y americano, que transformado en moneda, facilitó la adquisición de la creciente cantidad de mercaderías que entonces se producían, fue natural que también se cambiara el sistema de vida de los habitantes. Adquieren gran florecimiento las grandes ciudades y en ellas el estilo de vida es muy distinto: las clases superiores ya no buscan ante todo la seguridad de la vivienda, como en los siglos pasados, sino más bien el placer y el boato. En los palacios aparece un elemento hasta entonces desconocido en los países cristianos: el lujo. La burguesía o clase media, enriquecida por el comercio, alterna con las clases elevadas en una intensa vida social. Intenta estar a su altura construyendo suntuosas mansiones y haciendo gala de costosos ropajes y enseres en su vida cotidiana. Sólo la clase popular empeoró su situación. El aumento del costo de vida y el alza de los precios, le produjo un grave perjuicio.( 1 )

Así, no es extraño que Cervantes haga mención al lujoso atuendo de las
mujeres de la época como un rasgo de decadencia moral y ética. Es notorio que esta ostentación, frente al empobrecimiento de las clases populares, contrastaba con el ideal de solidaridad propuesto por Hesíodo y Ovidio y de sujeción a lo necesario, propuesto por los utopistas del Humanismo.

Luego dice nuestro héroe:

“Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y
sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía,
sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos”.

La palabra, su significado y su uso, tienen una importancia fundamental en la obra de Cervantes. En la novela del ingenioso hidalgo, abundan ejemplos de su preocupación por el lenguaje, y no pocos de éstos se concentran en poner en evidencia lo ridículo de un lenguaje artificioso:

“¡Oh perpetuo descubridor de las antípodas, hacha del mundo,
ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí,
Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre de la poesía, inventor
de la música, tú que siempre sales y, aunque lo parece, nunca te
pones! A ti digo ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre! A ti digo que me favorezcas, y alumbres la oscuridad de
mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narración
del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti yo me siento tibio.
desmazalado y confuso.” (Cap. XLV – II, Pg. 699)

Celina Sabor de Cortazar e Isaías Lerner, en sus notas a la edición con que se ha trabajado en esta oportunidad, señalan: “Diversos atributos y apelativos del sol entre los antiguos. Junto a ellos y con efecto cómico, Cervantes señala otra virtud pedestre y sin jerarquía: ser su calor razón por la que se enfría el agua que se bebe. En efecto, las cantimploras se enfriaban moviéndolas dentro de otro recipiente con hielo o nieve!”. Vemos un lenguaje que representa altos conceptos eruditos y poéticos, junto a un lenguaje vulgar, “tirador acá, médico acullá”, representando situaciones sin ninguna jerarquía “meneo dulce de las cantimploras”; todo esto, compartiendo un mismo párrafo. Se puede interpretar que Cervantes denuncia que con el exceso de artificio con que escribían algunos escritores de la época, sólo lograban caer en una burda cursilería.

Y sigue el discurso:

“No había la fraude, el engaño, ni la malicia mezclándose con la
verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin
que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que
tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje
aún no se había asentado en el entendimiento del juez, porque
entonces no había qué juzgar, ni quien fuese juzgado. Las doncellas
y la honestidad andaban, … sola y señora, … y su perdición nacía
de su gusto… Y agora, en estos detestables siglos, no está segura
ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el
de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de
la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace
dar con todo su recogimiento al traste”.

Aunque es innegable la relación que Cervantes hace en todo este discurso con los tres autores clásicos analizados, en este fragmento se reconoce, principalmente, la relación que establece con el mito según Ovidio. En la Edad de Oro de éste, como ya se dijo, existía la fidelidad y la justicia naturalmente, sin leyes ni jueces. Según C. Sabor de Cortazar e I. Lerner, la “…ley de encaje, era una arbitrariedad de un juez que falla lo que se le ha metido o encajado en la cabeza, sin atender las disposiciones de las leyes”.(Nota 21 del capítulo). Así, advertimos una denuncia del autor a la falta de justicia, a la arbitrariedad de la justicia reinante; y ya hemos visto que los autoritarismos y las discriminaciones no faltaban en la España del Siglo XVI, a la hora de consolidar un estado nacional católico.
La mención de la inseguridad de las doncellas es, a mi juicio, un punto sumamente interesante. Cervantes no descarta que en otros tiempos una doncella podía encontrar su perdición si ese era su gusto. Pero en esta “edad de hierro” la perdición las alcanza aunque sean virtuosas y se escondan en el lugar más recóndito que pudieran encontrar. La decadencia moral, según Cervantes, es un destino inexorable: no hay lugar a salvo. Recordemos que en este siglo comienzan los albores de la modernidad. Y la modernidad fue y es, un fenómeno avasallante, que no deja lugar sobre el que no incide, por alejado que se encuentre de los “focos” de mayor riesgo. El autor pone aquí el acento en las doncellas, tal vez por considerarlas el elemento más frágil de la sociedad, en lo que a moral y honra se refiere, tal vez por una relación con los resabios del amor cortés y el ideal caballerezco en esa época. Quien sabe. Pero lo cierto es que el riesgo que Cervantes adjudica a las doncellas lo sufrirían todas las personas. El ascenso social era posible. El enriquecimiento era posible. Aunque para ello hubiera que sacrificar la moral, la honra, y dejar de lado a la justicia. Cervantes, como todos los grandes poetas, supo leer en su época una realidad que muchos demoraron mucho tiempo en advertir.
Si analizamos el fragmento desde el punto de vista del personaje, restablecer la justicia es la razón de ser del caballero andante, como lo dice a continuación de la parte citada:

“Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la
malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para
defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos
y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a
quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a
mi escudero.”

Así, después de la edad de oro surgieron los caballeros con esa misión específica. El desenlace de un discurso tan vehemente, con tanta erudición, es cómico. Pero, como sabemos, lo cómico y lo trágico son las dos caras de una misma moneda. Después de una lectura aguda de la realidad, fundamentada en los clásicos antiguos, el personaje cae nuevamente en su locura: esto puede mover a risa al lector. Pero avancemos un poco más en el texto y veamos lo que este loco nos dice en el capítulo XX – I. Caballero y escudero caminaban en la más profunda oscuridad de la noche buscando agua, porque se habían quedado sin vino ni agua para beber:

“… no hubieron andado más de docientos pasos, cuando llegó a sus
oídos un grande ruido de agua … oyeron que daban unos golpes a
compás … que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera
el de don Quijote.
………………
-Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en
esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la
dorada, como suele llamarse. Yo soy aquel para quien están
guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos.
Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar a los de la Tabla
Redonda, los Doce de Francia, los Nueve de la Fama, y …” Pg. 141.

Como vemos, el discurso de la edad de oro excede al capítulo XI – I. Ya no quedan dudas de que nuestro personaje tiene una clara misión: volver a instaurar la edad de oro en el futuro, como lo dice Virgilio; y esto se hará practicando la caballería andante.

¿Es ésta una utopía? Una utopía es un texto, un subgénero de la narrativa en el que conviven distintos tipos de discursos: crítico, descriptivo y justificativo. Puede ser política o científica; y en ella se propone un cambio. Dice Maravall citando a F. L. Polak “es una contraimagen respecto a lo que existe, una inversión total de la sociedad humana”. ¿Es esto lo que quiere Quijote? Sí, es esto. Pero para enunciar y fundamentar su proyecto utópico, el caballero andante se inscribe en el mito. ¿Es el Mito de la Edad de Oro una Utopía?

Pierre-Fracois Moreau, en su estudio sobre la utopía dice: (7)

“Hay otra referencia griega que invocan a veces los escritores
utópicos y a la cual uno se siente obligado a asociarlos sin evaluar
siempre el precio de esta relación. No se trata de una obra sino de
un mito que transita a través de generaciones de obras: la Edad de
Oro, evocación de una tierra sin mal, situada en los comienzos de
la humanidad, antes de la historia, en un clima semidivino …”.
“La Edad de Oro ha sido reemplazada por situaciones cada vez más
degradadas: edades de plata, del bronce, finalmente del hierro que es
la nuestra.”

Toma luego a Hesíodo y cita aproximadamente lo ya expresado en la página cuatro de éste trabajo como características de este período. Luego observa:

“Se notará que todos los rasgos son del mismo registro: el de la naturaleza. Todo parece unificarse bajo el signo de la concordia entre la tierra y el hombre y también entre el hombre y el tiempo: ni esfuerzo ni decrepitud. En cuanto a la concordia entre los hombres, resulta tan natural que ni siquiera es recordada. Hesíodo, para describir la edad de oro, no sintió la necesidad de hablar ni de guerras, ni de ciudades, aunque más no fuera que para negarlas”.

Luego el autor analiza el mito según Ovidio:

“El tono cambia con Ovidio, cuyas Metamórfosis transmitirán el
tema al medioevo latino y al renacimiento. En su caso, por el
contrario, la evocación de la Edad de Oro se defina, en primer
lugar, en términos sociales y no en términos naturales; es verdad
que lo hace negativamente, pero todo el arsenal de la ley y de la
justicia (ni siquiera mencionado en Hesíodo) es invocado por
rechazo. … La nostalgia de un mundo seguro y tranquilo se
agrega, pues al sueño de una naturaleza fecunda. … todavía no
había trompetas ni cascos, ni fosos. … Solamente en un segundo
tiempo se evoca la edad de oro agraria”.

Moreau hace notar que la evocación de la Edad de Oro no se entorpece con relaciones sociales, no formula una doctrina concerniente a la propiedad de los bienes, sólo se dice que éstos abundan. Y así se perpetuará el topos que luego tomará la tradición judeo-cristiana y se asimilará al paraíso terrenal. (Dice citando a H. Levin: El mito de la edad de oro en el renacimiento). Luego señala algunas diferencias entre las utopías y el mito: la aparición de la utopía puede ser fechada, en cambio el mito parece ser una constante que excede a toda periodización; se suele confundir el concepto porque el narrador de una utopía exclama, al llegar a tal o cual isla de sociedad perfecta, que ha reencontrado la edad de oro. Pero la edad de oro sólo se encuentra en un pasado irremediablemente perdido, en cambio una utopía supone una comparación entre dos mundos contemporáneos. Además, la utopía propone una sociedad alternativa, mientras que la edad de oro es anterior a la sociedad. Los mundos utópicos presentan una sociedad, su Estado y sus Leyes, organizado de la mejor manera posible. Otra diferencia importante es la actitud frente al trabajo: la edad de oro lo ignora, lo niega. En cambio en la utopía el trabajo se considera como un valor formador. Finalmente, la utopía es un género filosófico y literario, en cambio la Edad de Oro es un motivo utilizado en todos los géneros pero que, hasta donde el autor puede conocer, nunca ha dado lugar a una obra completa. Como conclusión: “… la utopía no es de ningún modo la edad de oro”.
Hemos visto que nuestro héroe tiene un proyecto utópico. Al igual que Virgilio, aunque éste pone sus esperanzas en el niño que ha nacido, o en Octavio César Augusto, que traerá bienestar y reconstrucción moral para el Impero Romano. En cambio Quijote pone todas sus esperanzas en la caballería andante. Y para esto no sólo se inscribe en el mito, como ya se dijo; un mito que no es una utopía. Además se inscribe dentro de su propio universo ficcional maravilloso que tiene como referente todo el mundo de las novelas de caballería; ese universo al cual él ha ingresado como resultado de su locura “de tanto leer novelas de caballería”. El proyecto utópico de Quijote es el proyecto de un loco, y todo el elemento con que cuenta para realizarlo es su locura.

El estudio del tema de la locura en esta novela, tan amplio y complejo, excede las intenciones de este trabajo. Sólo me referiré a la forma en que se resuelve la locura del personaje.

En el Capìtulo LXVII – II, Quijote toma la resolución de hacerse pastor y seguir la vida de campo, y dice a su escudero:

Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos
pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,
pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que
a ti te parece bien, querría ¡oh Sancho! Que nos convirtiésemos en
pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo
compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoril
ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tu
el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, … (Pg. 834)

En el Capìtulo LXIV se cuenta cómo el Caballero de la Blanca Luna vence a Quijote, y las condiciones que impone son que “el gran don Quijote se retire a su lugar un año…”. Así, cuando llegan de regreso a la aldea natal, Quijote refiere este hecho al bachiller y al cura y:

“ que tenía pensado de hacerse aquel año pastor, y entretenerse en
la soledad de los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus
amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y virtuoso
ejercicio…”Pg. 861.

Pero Quijote ya no se siente bien y sus sobrinas lo ayudan a llegar al lecho en el cual luego morirá. Y allí recupera el juicio:

“Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la
ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda
de los detestables libros de caballería” Pg. 864.

El cura reconoce que , efectivamente, Quijote se muere, y que además, está verdaderamente cuerdo. Y luego Sancho, llorando, le dice:

“No se muera, v.m., señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos
años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida
es dejarse morir, sin más ni más … levántese desa cama y vámonos al
campo vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de
alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada…”

A lo que Quijote contesta:

“Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy
agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.”

De esta forma, con el transcurrir de la novela se puede advertir que la locura de nuestro personaje va dando lugar, cada vez en mayor medida, a la cordura, hasta llegar al final, en el que muere absolutamente cuerdo. ¿Qué sucedió con el proyecto utópico de Quijote? Este proyecto, fundamentado en el mito y basado únicamente en la locura que le ocasionaron las novelas de caballería se desvanece hasta diluirse totalmente. No hay posibilidades de efectuar el cambio mediante la caballería andante. Poco antes de morir, intenta ingresar al mundo pastoril, como una alternativa de vida dentro de la rusticidad y tranquilidad del campo, como lo propone Virgilio, pero tampoco lo logra. Sancho se lo propone en su lecho de muerte; pero Sancho también ha ingresado al universo ficcional maravillose de Quijote, adonde intenta regresarlo para que no se muera, víctima de ésta nueva cordura que constituye la mayor locura, que es la de dejarse morir. Aquí el lector se pregunta: ¿Quiénes eran ( o quiénes son), en verdad, los locos? Quijote era un hombre bueno, incapaz de maldad alguna, de una conducta intachable, una nobleza y una moral a toda prueba. No puede vivir en una sociedad autoritaria, corrupta, más interesada en el dinero que en ninguna otra cosa, y su único refugio es la locura. Desde ahí intenta cambiar el mundo pero recobra la razón y fracasa en su intento.

Cervantes así, elabora una antiutopía. Retomar el mito a la manera de los clásicos en este contexto, es una forma de decirnos que las circunstancias que se viven en el siglo XVI no son nuevas ni desconocidas para la humanidad. En distintas épocas de la historia se ha planteado la decadencia del hombre, la ruina moral, la ausencia de justicia. Sólo que este autor nos dice que la única utopía a la que podemos aspirar, es a una utopía basada en la ficción, una utopía literaria. Pero aún así, una obra como esta novela no nos brinda un buen refugio. Las denuncias de su argumento, los temas que en ella se tratan, nos dejan sin posibilidades de encontrar el mundo alternativo que la utopía propone. Cervantes nos dice que este es nuestro mundo; si no estamos dispuestos a aceptarlo sólo nos queda la muerte como única alternativa posible. Tal cual le sucedió a Quijote.

F I N

BIBLIOGRAFÍA

1 – ALTAMIRA, R., Historia de España y de la Civilización Española, Barcelona, Labor, 1929.

2 – CERVANTES SAAVEDERA, M. de, Don Quijote de la Mancha, Buenos Aires, Huemul, 1983, Edición y notas: Celina Sabor de Cortazar e Isaías Lerner.

3 – GRAVES, R., Los mitos griegos, T.1,Madrid, Alianza Editorial, 1997. Pgs. 173 a 183.

4 – GRIMAL, P. Diccionario de Mitología Griega y Romana, B. Aires, Paidos, 1997.Pg.146
5 – HESÍODO, Los trabajos y los días.

6 – MARAVALL, J.A. Utopía y reformismo en la España de los Austrias, Madrid,
Siglo XXI, 1982.

7 – MOREAU, P.F., La Utopía. Derecho natural y novela de estado. Buenos Aires,
Hachette, 1986.

8 – OVIDIO, Las metamórfosis, en Poetas Latinos, Madrid (Goya), EDAF, 1967.

9 – VILAR, P. Historia de España, Barcelona, Crítica, 1986.

10 – VIRGILIO, Églogas. Madrid, Espasa Calpe, 1982.
Geórgicas, Madrid, Espasa Calpe, 1982

11 – GUILLEMÍN, A.M., Virgilio poeta, artista y pensador, B.Aires, Eudeba, 1978.

2 comentarios sobre “El Discurso de la Edad de Oro en «Don Quijote de la Mancha»”

  1. El Quijote lo leí por obligación en la adolescencia y después por curiosidad cuando ya era más grande. Este trabajo me despertó las ganas de releerlo ahora, más consciente de la riqueza de la obra. Decadencia moral, ausencia de justicia, utopías… se repiten a lo largo de la historia del hombre. Si nos pudiéramos remontar al Antigüo Egipto seguro que también se podría encontrar material donde los hombres se planteaban las mismas dudas, inquietudes y esperanzas.

    El mensaje de Cervantes es antiutópico pero qué suerte que siguen habiendo locos, quijotes, que intentan utopías.

    Un placer esta lectura. Este no es un blog donde se puede pasar a la disparada, hay que ir saboreando tema por tema sin apuro. Es lo que voy a hacer de ahora en adelante. Felicitaciones por este trabajo y por hacerte también tiempo para seminarios, bibliotecas, familia, trabajo y todos los demás etcéteras que imagino.

  2. Gracias agüita. Es un gusto que alguien se interese por estos trabajos, que tanto por su extensión como por cierta complejidad que presentan hace difícil la lectura, y hay que abordarlos con muchas ganas.

    Mi hijo y mi nuera me han regalado este blog, y ahora estoy tratando de reunir la mayor cantidad posible de escritos que he ido haciendo a lo largo de mi carrera. Cuando comencé, trabajaba en las computadoras de mis hijos, y sólo Dios sabe adónde fueron a parar los archivos. Algunos quedaron guardados en disquetes que después no se pueden abrir … en fin. Pero el blog me ha motivado, y poco a poco iré rescatándolos de algún lado.

    Siempre digo que cuando uno hace lo que le gusta (y si puede trabajar de eso, mucho más) tiene que considerarse afortunado. Y cada uno de los trabajos que tuve que hacer en mi carrera representaron un esfuerzo muy grande, de todo tipo. Cursar los seminarios, leer la bibliografía, elegir un tema, ir diseñando el escrito para armar el trabajo final … ocurre que uno se encariña con ellos. Por eso quiero ponerlos todos aquí, para tenerlos a mano y si se pueden compartir, muchísimo mejor.

    Cervantes, no tiene desperdicios. Toda la obra es una verdadera obra de arte, y se demuestra en cada una de sus páginas. Desde el prólogo hasta el último capítulo. Para mí, quizás su genialidad más grande, más notable, fue saber meter en esta novela toda la tradición cultural que conocía, que no era poca. Los populares y los eruditos, los griegos, los latinos y los árabes, los mitos, las leyendas, la poesía. Todo está en Quijote, todas las formas, con lo cual concreta como nadie el barroco dentro del cual presentó su obra inmortal.

    Gracias una vez más, y será un gusto tenerte por aquí.

    sara eliana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.