El aviso

-No lo puedo creer. Solamente esto me faltaba ver en la vida.

-A quién se le puede ocurrir publicar semejante aviso.

-¿Será cierto o será una tomadura de pelo de alguno que no tiene otra cosa con qué divertirse?

-¿No será alguna apuesta entre amigos? Hay hombres capaces de cualquier cosa.

-No está mal; después de todo, es una forma como cualquiera.

-¿Qué clase de loco puede publicar algo así?

-¿Cuánto costará este sector del diario, en esta página? No debe ser precisamente barato.

-Un hombre inteligente. Sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.

-No está mal el vaguito; ¿qué bicho le habrá picado? No creo que no pueda conseguir una mujer.

Hombre serio y responsable,
sin compromisos, de 45 años,
busca mujer obesa, entre 40 y
50 años, tierna y cariñosa, pa-
ra una relación estable y dura-
dera o para contraer matrimonio.
T.E. 0299 – 154 – 231.564

El aviso había acaparado la atención de los lectores … y de las lectoras. Y no era para menos. Apareció en la página más cara del diario de mayor circulación de la provincia. El texto y la fotografía, ambos de tamaño más que suficiente, cubrían una importante superficie, y el recuadro oscuro le daba un realce especial. Además, la agencia se había esmerado en la elección del tipo de letra cursiva, el sombreado y la inclusión de algunos firuletes adornando el mensaje y la figura sonriente, dotándolos de un toque alegre y romántico. No era frecuente encontrar en el diario un aviso de ese tipo.

Algunos hombres lo leyeron entre curiosos e incrédulos. En una época en que una imagen bella, armónica, generalmente se imponía por sobre cualquier cualidad o condición favorable … realmente era increíble, incinerarse así, dejando la foto y el número de teléfono, no tendrá vergüenza, en fin hay gente para todo, y encima no es tan feo como para pensar que no puede levantarse una mina mejor, y si tiene plata para publicar este aviso, tan mal no le debe ir, tampoco es tan viejo; si bien no es un pendex todavía le queda bastante hilo en el carretel, y encima con una gorda, qué gorda … obesa, y hay varios kilos de diferencia entre gorda-gordita y obesa, y encima se aguanta hasta cincuenta años, cinco más que él … y obesa … no lo entiendo, andá a saber qué tiene este idiota en la cabeza … o qué esperará conseguir de la gorda.

Otros, lo leyeron con interés. Compartían el gusto por hacer el amor, o más bien, tener sexo con mujeres obesas. Les gustaba esa comodidad que ofrecían sus amplias y blandas carnes … los que nunca lo han hecho, no saben lo que se pierden, me acuerdo aquella vez que entré al quilombo de White … ¡ qué noche memorable ! y si es por obesa, esa loca sí que era gorda como una ballena, ¿y el Negro, que se había casado con una de como ciento treinta kilos? ¡ qué suerte tuvo ! «ella solita se pone como una gallinita al horno» decía el Negro saboreándose, y aquella vez, qué papelón que le hizo pasar, se le había puesto adelante y se metía una de las rodillas del Negro entre las piernas de ella justo ahí abajo, éste no sabía qué cara poner, y estaba colorado como pavo de chacra, claro, todos lo mirábamos … es que son muy lindas las gordas para la cama … tienen ese calor entre erótico y maternal … Y se quedó largo rato recordando sus experiencias de cuarentón con la mirada fija en el aviso.

Luciana miraba el diario hipnotizada. Sus ojos se posaban alternativamente entre el texto y la fotografía. Era tanto su estupor que no atinaba a nada. Su expresión era una mezcla de incredulidad, asombro y odio … y pensar que estuve horas en el cyber tratando de enganchar a algún chabón, y nada, y puse la mejor foto que tenía, esa que me saqué con el jean y la musculosa ajustada después de matarme en el gimnasio … y todo para que un tarado como éste se dedique a buscar gordas por el diario, encima por el diario, no me va a decir que no encontró ninguna en su camino y necesita el diario para convocarlas, como si fueran una rareza, cuando el mundo está lleno de gente con sobrepeso, dios me libre, que no sabe cómo hacer para sacarse los kilos de encima, resulta que él se pone a buscar gordas por el diario de mayor circulación, y las que estamos buenas y andamos de levante quedamos como las idiotas de la película, esto es el colmo, surrealismo puro, y yo en las páginas de encuentros con esos boludos que se ponen en estrellas, que sí, que no, que voy, que vení, que no quiero cama afuera, que no quiero compromisos, que no quiero echarme una carga encima, que no tengo laburo … interminable la lista de boludeces que dicen … ¡que digan que no quieren y chau … ya está!

María Cristina lo miró apreciativamente ¿serán suficientes mis ochenta kilos o querrá más gordas? ochenta kilos bien distribuidos en mi metro con sesenta y cinco en realidad no se nota tanto, haberlo sabido antes, no me mataba de hambre, caminando horas por ahí con la perra, tratando de bajar la panza y afirmar las piernas y los glúteos … ¿y él, será gordo también? en la foto sale solamente de los hombros para arriba … pero no parece, es más, está bastante bien el delirante … miren las ideas que se le pueden llegar a ocurrir a alguien, yo que siempre pensé que las gordas tenían novios, maridos, parejas, únicamente porque los habían adquirido antes de engordar, jamás se me hubiera ocurrido que algún hombre estuviera interesado en relacionarse con una mujer con treinta kilos de más, porque acá dice obesa, y obesa no es ni gordita ni rellenita, es muy gorda … a ver, la tijera, voy a recortar el aviso así llamo después, ahora es muy temprano.

– Hola, sí.

– Hola, buenas noches, yo llamo por el aviso que se publicó en el diario de hoy. ¿Vos sos el candidato?

– Bueno, sí. Mi nombre es Remigio, y te agradezco mucho que te hayas tomado la molestia de responder y llamarme por teléfono.

– Ninguna molestia, todo lo contrario, es un placer. Mi nombre es Norma. Normita, para los íntimos.

– Bueno Normita, me alegro, entonces. Y decime, desde dónde me llamás, ¿sos de esta ciudad?

– Claro, me imagino que vos también.

– Sí, por supuesto. Si te parece podemos tomar algo mientras conversamos. Puedo ir hasta tu casa si eso no te molesta, o podemos encontrarnos en algún lugar …

– En mi casa no, porque vivo en una pensión y no se permite recibir visitas. En todo caso, pasá a buscarme y vamos a cenar y después a bailar, así aprovechamos bien la noche … Tendrás auto, me imagino.

¿Le interesarán únicamente las mujeres … mujeres? Nunca se sabe, cuántos hay que la van de moralistas y después resulta que los travesti ganan en la prostitución más que cualquier mujer … y es sabido que a muchos les gustan los gorditos, geralmente somos tiernos y cariñosos como pide éste, que dicho sea de paso parece no ser nada prejuicioso … además todos están de acuerdo en que nos gusta la buena mesa y sabemos cocinar muy bien, tener una casa en condiciones mejor que cualquier esposa, somos atentos, diligentes, eficientes, y eso ellos lo saben, y ahora las mujeres con eso de que no quieren hacer nada porque se han liberado, resultan sencillamente insoportables para cualquiera que tenga dos dedos de frente, yo no sé qué se creen, en cualquier momento van a salir con que los hombres también tienen que parir y amamantar, y seguro van a encontrar quien les escuche los argumentos y la ciencia se pondrá a investigar para darles el gusto … bueno, no sé si para darles el gusto a ellas o para satisfacer la interminable curiosidad científica, que no tiene barreras … voy a guardar el aviso, por las dudas, quién te dice …

– ¿Así que publicaste un aviso en el diario?

– Sí.

– ¿Y? ¿Te dio resultado?

– Si es por la convocatoria, tengo que decir que sí.

– ¿En serio?

– ¡ Claro ! Ni te imaginás la cantidad de mujeres que me llamaron. Hasta travestis y homosexuales. Con todo tipo de preguntas y propuestas.

– ¿Cómo?

– Y sí … el aviso les resulta extraño y empiezan con las hipótesis, qué te pasa, estás enfermo, estás en la ruina, sos muy gordo y no se te nota en la foto … Inmediatamente estás bajo sospecha.

– Bueno, convengamos que no es de lo más usual que alguien publique un aviso como ese.

– No, seguramente no. Por desgracia los diarios nos tienen acostumbrados a otras cosas que ya no le llaman la atención a nadie.

Zulma se revolvió levemente en el sillón. Sostenía el diario abierto de par en par, con ambas manos, y hundía la cara sobre el aviso de la página tres. Tenía cincuenta y un años y un cuerpo de monumental volumen. Leyó una y otra vez el texto y luego fijó su mirada en la fotografía. Tiene un aire a mi Juan José, él siempre decía que el tamaño y la apariencia del cuerpo eran lo de menos … y yo que estaba tan acomplejada porque estaba convencida de que ningún vestido de novia le quedaría bien a una gorda, cuando lo escuchaba decir eso me parecía que sólo se esforzaba por consolarme y me daba más vergüenza todavía … no era así, lo pude comprobar muchas veces … y fuimos tan felices, yo lo amaba tanto, se lo veía tan pleno con la atención y el cariño que yo le prodigaba todo el tiempo … es que él era tan querible, tan bueno y generoso que me hizo olvidar todas las angustias que pasé cuando adolescente, envidiando a las chicas de cuerpos tan bonitos y armoniosos que yo jamás podría alcanzar; él me quería tanto que me enseñó a quererme, a aceptarme como soy, a amar mi cuerpo … pero si sos hermosa, tan dulce, mirá que yo me iba a perder este caramelito … y se reía, espero que haya encontrado a otra gorda en el más allá, porque si alguien se la merecía, era él. Un llanto silencioso ocupó el lugar del diario, que fue quedando arrugado, a un costado.

– ¡Hola!

– Hola, sí, ¿quién habla? Mire, yo llamo por el aviso que apareció hoy en el diario. ¿Es usted el de la fotografía?

– Sí, soy yo. Muchas gracias por responder al aviso. ¿Cómo es tu nombre?

– Mi nombre es Julia ¿y el tuyo?

– Tenés un nombre muy lindo, Julia. Yo me llamo Remigio.

– Bueno, Remigio, en realidad, yo quería saber cuántos kilos preferís que tenga la mujer. Porque vos decís obesa, pero no se sabe cuánto. Yo soy gorda, pero no sé si reúno las condiciones que a vos te interesan. No soy muy alta y por eso me veo más gorda todavía de lo que en realidad soy.

– Como podrás imaginar Julia, no tengo una tabla de pesos y medidas como patrón … además, lo que yo busco es una mujer … esencialmente eso.

– Sí, sí, entiendo, pero yo además quería preguntarte de qué te ocupás, qué esperás conseguir con esta relación que estás buscando, porque estarás de acuerdo conmigo en que no es una forma muy tradicional que digamos de buscar pareja, y eso a una le da que pensar.

– Claro, claro, estoy de acuerdo. Te da que pensar … ¿pensar bien o pensar mal?

Ese domingo la mañana lucía espléndida, fresca y soleada. Remigio compró unas flores y cruzó la calle. Saludó al guardia de la entrada y caminó seguro hacia el sector que estaba detrás de los panteones. Se detuvo ante una lápida, con actitud consternada, ensimismada. Después de algunos minutos, dejó las flores sobre el césped, junto al mármol. Luego caminó por el pequeño sendero hasta llegar a la calle principal del cementerio y allí la vió. Ella también se retiraba ya, y seguía su mismo camino hacia la salida. Era muy gorda. Bonita, más bien alta, elegante, vestida con muy buen gusto y sencillez. Cuando sus miradas se cruzaron ella sonrió levemente y eso lo animó.

– Buen día. Qué linda mañana, ¿no?- Remigio comenzó a caminar a la par de ella, al mismo ritmo.

– Buen día. Sí, muy linda. El sol está hermoso y no hace calor. Por eso me decidí a venir temprano.

– ¿Viene siempre?- Remigio caminaba con la cabeza algo baja, y de vez en cuando la levantaba para mirar a la mujer, que caminaba a su lado.

– Sí, bastante seguido. ¿Y usted? No es muy frecuente ver a los hombres por acá los domingos a la mañana temprano-. Hablaban con soltura, con naturalidad, como viejos conocidos.

– No vengo mucho. Solamente cuando siento la necesidad de hacerlo-. Habían pasado la entrada principal, y caminaban juntos por la vereda, como si hubieran estado de acuerdo en el camino a seguir.

– Bueno, eso a todos nos pasa.

– ¿En serio? Yo creía que me ocurría a mí solamente. Cada vez que me siento mal, desanimado, angustiado, vengo al cementerio.

– ¿Y a quién viene a visitar? Si no es ser demasiado curiosa.

– No, por favor … A mi esposa. Murió hace diez años. ¿Y usted?

– A mi esposo, murió hace muchos años también.

– Disculpe mi falta de atención, mi nombre es Remigio Arancibia. ¿Cómo es su nombre? y si no le molesta me gustaría tutearla, tratarla con más confianza, después de todo tampoco somos tan viejos.

– No me molesta en absoluto, Remigio. Mi nombre es Zulma, Zulma Ciano, y es un gusto conocerte.

Y siguieron conversando, caminando lentamente por la vereda, varias cuadras hasta llegar a la plaza. Allí se sentaron con toda naturalidad, en un banco, junto a la vereda, bajo un hermoso paraíso. A esa hora los placeros ponían a funcionar los grifos para aprovechar la presión. El abanico de agua giraba distribuyendo el riego en forma pareja. La tierra y el pasto mojados llenaban el aire de un aroma familiar, agradable. Algunos pájaros se acercaban para beber y bañarse. Los transeúntes que pasaban por la vereda saludaban con amabilidad a Zulma y a Remigio, que seguían conversando.

– Y no me dijiste por qué estabas angustiado-. Zulma lo miraba con afecto, con los ojos entrecerrados, sonriendo levemente. Por entre las hojas del paraíso se filtraban algunos rayos de sol que daban sobre su cara y su cabello.

– La verdad … no sé. De golpe me agarró como una congoja-. Remigio cruzaba las manos sobre sus piernas. Miraba a Zulma, y luego volvía la vista a sus manos, un poco pensativo.

– ¿No te has vuelto a casar, no has formado otra pareja?

– Hasta ahora, no. Después que murió María, no quise. Me pareció que jamás podría interesarme por otra mujer. Después, poco a poco, fui cambiando de idea. Pero no tuve mucha suerte, no es fácil encontrar una persona que quiera tener una relación estable. Los dos hijos que tuvimos ya son grandes, cada uno está en sus cosas. Entonces comenzó a pesarme la casa vacía, la vida en soledad. Si bien es cierto que están los amigos, los familiares, el trabajo, la mayor parte de mi vida la paso solo. Y si te cuento, no me vas a creer, pero hasta llegué a publicar un aviso en el diario tratando de relacionarme con una mujer.

– Lo sé. Yo vi el aviso. Al principio no te reconocí en el cementerio. Pero cuando te acercaste y pude verte bien, me di cuenta de que eras vos.

– ¿Pero vos no me llamaste, no?

– No, no te llamé. Y muy posiblemente no te hubiera llamado nunca. No sé. Tal vez …

– ¿Y qué pensaste? Porque me han dicho de todo por lo del aviso.

– Me conmovió mucho. Porque yo siempre fui gorda; a medida que pasaron los años, más. Y de joven, era muy acomplejada, y vivía matándome con dietas que nunca me resultaban. Y comprándome ropa que me quedaba estrecha, con la ilusión de adelgazar. Y fue mi esposo el que me enseñó a quererme como soy, a cuidar mi salud sin desesperarme por una idea estética, a valorar mi persona más allá del aspecto que presentara. Por eso, cuando vi a un hombre que era capaz de decir sin pruritos que buscaba una mujer gorda, así, públicamente, me llenó de emoción … y también de tristeza. Por eso vine al cementerio.

– Bueno, pero ya estamos mejor, ¿o no?-. Remigio sonrió, y cambiando la expresión de su cara, puso una mano sobre el antebrazo de Zulma. -Podríamos almorzar juntos ¿qué te parece?

– Me parece muy buena idea. ¿Cocinamos nosotros?

– Eso sería lo mejor. Si no te molesta, podemos ir a mi casa. Allí tengo algunas cosas, y si falta algo podemos comprar por ahí cerca.

– No me molesta en absoluto. Todo lo contrario.

– ¿Qué querés comer? Si te gusta, puedo hacer un asadito.

– Me encanta. Mientras, yo puedo ir preparando una ensalada.

– Bueno, vamos entonces. Antes de que se nos haga tarde. A esta altura, no es tiempo lo que sobra.

Dejaron el banco de la plaza y comenzaron a caminar, uno junto al otro, mientras conversaban. Media cuadra más allá, Remigio pasó su brazo por sobre los hombros de Zulma, y ella lo aceptó, con toda naturalidad. Al verlos, nadie hubiera creído que hacía tan poco tiempo que se conocían. Y menos aún hubieran sospechado que se habían conocido en el cementerio y a través de un aviso en un diario.

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